Passenger

 

“Siempre vienes tarde a verme
déjame decir que no.
Te regalo tardes verdes
y un encendedor.”
IAN

 

Como una lanzada
firme
contra la muerte.
Otra pala, de arena
más
sobre el cofre del tesoro;
sobre nuestro cofre de los recuerdos.

El pequeño aleteo de anhelos de siempre:
un murmullo de soledad
y a gritos.
Nada, probablemente
para la mayoría
o todo
si seguimos luchando juntos.

Otra canción recitada
puño en alto y de la mano
en una barricada contra el olvido.
Un sinfín de intentos contra la admirable
paciencia de la muerte.

Como un deseo que se cumple porque lo compartes al oído
otra historia que, nunca
será otra más
unas vacaciones en bandeja de planta
una cama de matrimonio para uno.
Solo.
Otro de esos momentos en los que, una migaja de sueños
era justo el aliño que faltaba.

Un road trip por hoteles vacíos
a diez mil kilómetros de cualquier intento de plenitud
y aquí seguimos
huérfanos de tu inocencia suicida
con nosécuántas estrellas
-o eso rezaba la fachada-
y sin ver un solo atisbo de luz.

He sido testigo tantas veces de la impaciencia de las cremalleras
que todo este complot de casualidades trae un número de rockstar ensayado:
la fina convicción de que, como en aquella película
la risa vence al miedo.
Una cuenta atrás partiendo de un infinito sacado de la manga, como un as
una carta que me enseñaste en aquel atisbo de risa en el Passenger
un gesto tan bonito como un roce de labios sobre la herida que no querías sanar
con cualquiera.

Como decía:
nada, probablemente
pero todo
si nos das a elegir.

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